Sinsentido
Tiene los ojos diminutos. Y grises. Un gris que a veces es azul y a veces negro. Con frecuencia pestañea con fuerza, como el hipermétrope que intenta focalizar la vista ante un libro con la letra reducida. Sus labios son muy finos y delimitan una boca pequeña que da la impresión de tener que luchar contra sí misma para abrirse al hablar. Y al sonreír.
En los años que llevo viéndole pasar siempre ha llevado el pelo igual. Moreno, muy liso, algo largo, con flequillo. Al venírsele a la cara y taparle los ojos, levanta las cejas y sopla hacia arriba. Como si la boca, dentro de su pequeñez, se solidarizara con su mirada.
Tiene el hoyuelo de la barbilla muy marcado y la nuez muy pronunciada. Cuando está de pie siempre permanece muy erguido, con la cabeza levantada y las manos en los bolsillos.
Mide poco más que yo. Pero su constitución le hace parecer más alto. Porque está muy delgado. Tanto que la ropa de su talla le está grande... Nunca lleva los zapatos a juego con el traje. Ni los calcetines. Es exageradamente friolero. Y se resfría con facilidad. Cuando está acatarrado hace una mueca muy graciosa con la nariz, como el bebé molesto al que un mal sueño no le deja dormir.
Es tímido. Muy tímido. Siempre habla bajito y despacio, como apocado, como el que se da cuenta de que todos le miran y súbitamente siente pánico escénico. Su carácter introvertido y reservado, su timidez, sus pocas palabras, su mirada infinita a través de sus pequeños ojos, le dan apariencia de hombre observador, de estar en paz con el mundo, de absoluta calma. Transmite paz y confianza.
En todo este tiempo, habré cruzado tres frases con él. Cada vez que le veo me muero de vergüenza. Me hace sentirme como un quinceañero ante su primer amor, ante esa primera petición de cita. Me gusta. Me gusta mucho. Me encanta.
Esta mañana mientras miraba unos documentos con un compañero levanté la vista y él estaba ahí, detrás, a menos de medio metro de mí. Con cara de no haber despertado, con el pelo mojado de una ducha que poco o nada le han espabilado. Nunca sé cuándo viene, cuando tiene que visitar mi empresa. Se ha dirigido a mis compañeros con su voz bajita, con su sonrisa amable... y mi tono de voz se ha hecho tan pequeño como sus ojos, he titubeado, he perdido el argumento, no he sabido qué decir... y me le he quedado mirando como si allí no hubiera nadie más.
Y me he sentido ridículo, infantil... Por no poder dejar de mirarle cuando está cerca. Por las veces que me ha sorprendido y he fingido tener la mirada perdida en lugar de posada en sus ojos. Si hasta hace poco ni sabía su nombre... Pero me gusta. Me gusta mucho. Me encanta. Aunque él nunca lo sabrá.


juanangelmv dijo
Amores secretos, prohibidos, platónicos, imposibles…
Forman parte des nuestra vida en silencio, a veces pienso que son los únicos que tendré
Siempre siéndole fiel y nunca lo sabrán.
25 Octubre 2011 | 12:10 AM