Mi no boda gay
Recuerdo que aquel día hacía frío. Estábamos en un callejón cuando me abrazó muy despacio, con suavidad, conteniendo la fuerza como para querer protegerme de la energía con la que deseaba hacerlo. No pude evitar mirar a nuestro alrededor para comprobar si alguien nos miraba... y se dio cuenta.
"¿A que no te atreves a darme un beso aquí?"
Y se lo di. Supongo que porque ya había visto que estábamos solos. Aunque reconozco que me habría dado igual. En aquel pueblo de aquel día frío su abrazo era sinónimo de felicidad. Con él había aprendido que esos pequeños ratos juntos eran la definición con la que describiría en mi diccionario la palabra felicidad.
Entonces ocurrió lo inesperado.
"¿Te imaginas vivir así toda la vida? ¿Tú querrías vivir a mi lado el resto de tu vida?"
Me estaba pidiendo que nos casáramos. Nunca pensé que fuera a vivir este momento. Mi condición sexual, la ley... mis secretos... nunca creí que esto fuera a pasarme a mí.
Ahí estaba yo, sin poder evitar que un millón de miedos invadiera mi cabeza con una explosión de ideas incapaz de asimilar por cerebro alguno. Me acordé de mi trabajo y del momento en el que tuviera que pedir el permiso por matrimonio... imaginé el día en el que viejos conocidos me preguntaran por mi alianza... me acordé de mis amigos ya todos casados, me acordé de mi madre, de mi hermana... de mi sobrinita en una hipotética boda llevando "las arras"... Sentí pánico por tener que afrontar una salida de armario tan brusca a ojos de todo el mundo. Y me maldije porque en vez de estar inmensamente feliz porque la persona a la que amaba profundamente quería compartir su vida conmigo, yo sólo podía pensar en la situación violenta de dar "explicaciones" por mi esposa y por mi anillo.
En los días siguientes, él hacía planes sobre el lugar de la celebración, sobre si los dos debíamos vestir igual, el mes del año, los traslados de la gente, el viaje... y los invitados.
"Yo calculo que invitaré a unas 50 personas. Tú... pues a tres" - en referencia a las tres únicas personas de mi entorno íntimo que conocían mi relación con él y hablando de forma más extensiva, mi condición de gay. Y reía para picarme aunque en realidad me apremiaba a espabilar.
Era tanto el miedo que tenía a ese momento que había decidido dejar mi trabajo porque me veía incapaz de afrontarlo. ¿Cómo invitar a mi boda a mis compañeros? ¿Cómo decir el nombre del cónyuge para comunicar a Hacienda el estado civil? ¿Cómo asumir los comentarios, ésos que todo el mundo dice que le dan igual? No me veía capaz. Me planteé hasta una boda secreta pero rápidamente entendí que ni era posible ni era justo negar a mi gente que compartiera conmigo ese momento (como a su vez ellos hicieron en sus respectivas bodas). Además, me estaría comportando como si me avergonzara de mi amor por él.
Y me sentí triste por una situación que debía ser feliz y porque sólo yo era el responsable de no dejarme disfrutar de ese momento.





juanangelmv dijo
Muchas veces te escondes y no quieres mostrar la cara real de las cosas y llamar a cada cosa por su nombre, cuando la cosa es impar bueno lo soportas lo aguantas y tiras para delante…
El “problema” es cuando todo eso es compartido y existe esa “media naranja” y te apetece vivir la vida TU vida y no andar con tapujos ni intentando disimular lo que realmente es palpable, los tabúes que aun existen en esta sociedad son tan injustos
O realmente los injustos somos nosotros mismos primero con nuestra persona y luego con los demás, todo el mundo hizo su vida se casarón y formaron sus hogares, que derecho pueden tener a criticar o opinar sobre nuestra opción… en fin son tantas cosas que podríamos hablar sobre este tema.
Pero me quedo con una reflexión. Nadie es quien para opinar de mi vida cuando ellos hicieron con la suya lo que les dio la real gana…
23 Abril 2010 | 01:20 AM